“No es el fin: Es el tercer día.


Un día como hoy conmemoramos la muerte de Jesús. Y hablar de muerte, para muchos, es sinónimo de final y tristeza. Sin embargo, para quienes creemos en la vida eterna, esto trasciende: no es un final, es el inicio de una vida eterna.

Hoy me traslado al tiempo de Jesús, a sus discípulos y a quienes lo seguían. Sin una convicción firme de la resurrección, sus corazones debieron estar tristes y afligidos. Tal vez se preguntaban: ¿creo o no creo que volverá?

Es posible que ni siquiera ellos lograran comprenderlo todo en ese momento. La Biblia no detalla cada pensamiento, pero nos permite imaginar la incertidumbre que vivieron.

Esto me lleva a reflexionar —no como un mensaje doctrinal, sino desde el corazón— que cuando algo termina, sin duda algo nuevo comienza. Entonces, ¿por qué afligirnos?

¿Cuál es nuestra certeza de que Dios estará también en nuestro futuro?

La mayoría de las personas, cuando enfrentamos finales, dudamos del mañana. Pero hoy debemos hacernos esta pregunta:
¿Acaso Dios no estará en nuestro futuro?

Dios tiene el control de los tiempos, y nada sucede sin su permiso.

Hay algo que me conmueve profundamente en el proceso de la crucifixión de Jesús: su convicción. Él sabía que su reino no era de este mundo, que su vida no estaba definida por un sistema ni por un pueblo que lo entregaría. Entendía que, por ser Hijo, era parte de un propósito mayor.

Hay heridas que, como hijos, vamos a llevar como parte de ese propósito. Y necesitamos entenderlo para asumir la actitud correcta: vivir convencidos de que no es el fin, sino un nuevo comienzo; un plan perfecto para cumplir aquello para lo cual nacimos.

San Juan 19:10-11
“Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y que tengo autoridad para soltarte?
Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba…”

Esto me lleva a pensar: si soy hija(o) de Dios, ¿acaso las circunstancias pasan sin el cuidado de mi Padre? Dios tiene sus ojos puestos sobre sus hijos, y aquello que permite será para glorificar su nombre en nuestras vidas.

Reflexión

Habrá días en los que todo cambia de color y el cielo parece oscurecerse. Pero recuerda siempre esto:
siempre hay un tercer día para aquello que en algún momento dimos por muerto.

Mantente firme, y cuando las circunstancias vengan, solo diles:
“Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba.”

¡Soy hijo(a) de Dios!

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